Un día estás sentado en tu puta cama. Te das cuenta que no
quieres ser ese peluche al que le falta una oreja a causa de algún que otro
berrinche, ni esa estantería que sostiene más libros de la cuenta, no quieres
ser la almohada que te aguanta cada noche, ni tan siquiera quieres ser ese
cigarro que estás sosteniendo con los dedos. Lo único que quieres hacer es
levantarte y salir a toda ostia de esa habitación, abriendo y cerrando todas
las puertas que te encuentras a tu paso. No sabes el sitio en el que acabarás,
pero si sabes el sitio del que quieres salir. Corriendo, a todo lo que dan las
piernas, sin mirar atrás ya que el camino que tienes por delante para ti es más
importante que el que vas dejando. Y entonces, te relajas. Miras a tu alrededor
y estás solo, al igual que estabas en aquella puta cama.
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